El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Al día siguiente, en la ciudad se hablaba de la llegada del nuevo párroco y ya todos sabían que había traído un baúl de hojalata, que era delgado y alto y que llamaba «profesor» al canónigo Dias.
Las amigas de la Sanjoaneira —las íntimas, doña Maria da Assunção, las Gansoso— fueron enseguida a su casa, por la mañana, «para ponerse al tanto»… Amaro había salido a las nueve con el canónigo. La Sanjoaneira, radiante, importante, las recibió en lo alto de la escalera, remangada, en plena faena matinal; e inmediatamente, muy animada, les contó la llegada del párroco, sus buenos modales, lo que había dicho…
—Pero bajad, quiero que veáis.
Les enseñó la habitación del cura, el baúl de hojalata, una estantería que le había puesto para los libros.
—Está muy bien, está todo muy bien —decían las viejas, recorriendo la habitación despacio, con el mismo respeto que si estuviesen en una iglesia.
—¡Qué buen abrigo! —observó doña Joaquina Gansoso, palpando el paño de los amplios faldones que caían desde lo alto del perchero—. ¡Es una prenda magnífica!
—¡Y qué buena ropa interior! —dijo la Sanjoaneira levantando la tapa del baúl.
El grupo de ancianas se inclinó con admiración.
