El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —A mi lo que me gusta es que sea un chico joven —dijo doña Maria da Assunção piadosamente.
—También a mà —dijo con autoridad doña Joaquina Gansoso—. Eso de que esté la gente confesándose y viendo el rapé pingando de la nariz, como pasaba con el Raposo…, ¡por favor! ¡Hasta se pierde la devoción! ¡Y el bruto del José Miguéis! No, antes de eso que Dios me mate con gente joven.
La Sanjoaneira les mostraba las demás maravillas del párroco: un crucifijo todavÃa envuelto en un periódico viejo, el álbum de retratos, en el que la primera estampa era una fotografÃa del Papa bendiciendo a la cristiandad. Quedaron extasiadas.
—Más no se puede pedir —decÃan—, ¡más no se puede pedir! Al despedirse, entre muchos besos a la Sanjoaneira, la felicitaron porque, hospedando al párroco, habÃa adquirido una autoridad casi eclesiástica.
—Venid esta noche —dijo ella desde lo alto de la escalera.
—¡Seguro!… —gritó doña Maria da Assunção, ya en la puerta de la calle, cruzando su manteleta—. ¡Seguro!… ¡Asà lo vemos bien!
A mediodÃa llegó el Libaninho, el beato más activo de LeirÃa; y subiendo los escalones a la carrera, ya gritaba con su voz fina:
—¡Sanjoaneira!