El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Sube, Libaninho, sube —dijo ella, que cosía junto a la ventana.
—Así que ya ha llegado el señor párroco, ¿eh? —preguntó el Libaninho asomando a la puerta del comedor su cara gordita de color limón, la calva reluciente; y acercándose a ella, con pasito corto y meneo de caderas—: Entonces ¿qué tal, qué tal? ¿Tiene buena pinta?
La Sanjoaneira reinició la glorificación de Amaro: su juventud, su aspecto piadoso, la blancura de sus dientes…
—¡Pobrecillo, pobrecillo! —decía el Libaninho rebosante de ternura devota. Pero no podía pararse, ¡se iba a la oficina!—. ¡Adiós, queridita, adiós! —Y toqueteaba con su mano gordezuela el hombro de la Sanjoaneira—. ¡Cada vez estás más gordita! ¡Mira que ayer recé la salve que me pediste, ingrata!
Había entrado la criada.
—¡Adiós, Ruça! Estás muy flaquita: encomiéndate a la Virgen. —Y avistando a Amélia por la puerta entreabierta de la habitación—: ¡Ay, Melinha, que estás hecha una flor! Bien sé yo quién se salvaba por tu gracia.
Y deprisa, contoneándose, con una tosecita aguda, bajó a saltitos la escalera, gimoteando:
—¡Adiós! ¡Adiós, pequeñas!
—¿Vienes esta noche, Libaninho?