El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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En un grupo junto a la Casa Havanesa los discutidores politiqueaban; se pronunciaba el nombre de Proudhon, que por aquella época empezaba a citarse vagamente en Lisboa como si se tratase de un monstruo sanguinolento; y prorrumpían en invectivas contra Proudhon. La mayoría creía que él era el incendiario. Pero el apreciado poeta autor de las Flores e Ais intervino diciendo que «aparte de las burradas que decía Proudhon, aun así era un estilista bastante ameno». Entonces el jugador França gritó:

—¡Qué estilo ni qué nada! ¡Si lo pillo aquí en el Chiado, le rompo los huesos!

Y se los habría roto. Después del coñac, el França era una fiera.

Sin embargo, algunos jóvenes, cuyo instinto romántico se veía removido por el elemento dramático de la insurrección, aplaudían la heroicidad de la Comuna: Vermorel abriendo los brazos como el Crucificado y gritando bajo las balas que lo traspasaban: «¡Viva la humanidad!». El viejo Delecluze, con un fanatismo de santo, ordenando desde su lecho de muerte las violencias de la resistencia…



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