El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Fíjense ustedes! —exclamaba un sujeto gordo—. ¡El palacio de la Legión de Honor destruido! Aún no hace un mes que estuve allí con mi mujer… ¡Qué infamia! ¡Qué canallada!
Pero se había difundido que el Ministerio había recibido otro telegrama más desolador, todo el eje desde el bulevar de la Bastilla hasta la Magdalena ardía, y también la plaza de la Concordia, y las avenidas de los Campos Elíseos hasta el Arco de Triunfo. Y de este modo la revolución había arrasado, en un ataque de locura, todo aquel sistema de restaurantes, cafés-concierto, bailes públicos, casas de juego y nidos de prostitutas. Entonces un estremecimiento de ira recorrió todo el Largo do Loreto hasta el Magalhães. ¡Así pues, las llamas habían aniquilado aquella concentración tan cómoda de la francachela! ¡Oh, qué infamia! ¡Se acababa el mundo! ¿Dónde se iba a comer mejor que en París? ¿Dónde se encontrarían mujeres más expertas? ¿Dónde se volvería a ver aquel desfile prodigioso al regreso del Bois, los días ásperos y secos del invierno, cuando las victorias de las cocottes resplandecían junto a los faetones de los agentes de Bolsa? ¡Qué abominación! Se olvidaban de las bibliotecas y de los museos; pero la nostalgia era sincera por la destrucción de los cafés y la desaparición de los lupanares. ¡Era el fin de París, era el fin de Francia!