El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro En efecto, cada hora llegaban telegramas anunciando los sucesivos episodios de la insurrección que batallaba en las calles de París; telegramas emitidos desde Versalles en medio del terror, contando los palacios que ardían, las calles que se venían abajo; fusilamientos masivos en los patios de los cuarteles y entre los mausoleos de los cementerios; la venganza que buscaba saciarse hasta en la oscuridad de las cloacas; la fatal demencia que hacía delirar a uniformes y blusas; la resistencia, que tenía la rabia de una agonía y los procederes de una ciencia, ¡y que hacía saltar una sociedad caduca mediante el petróleo, la dinamita y la nitroglicerina! Una convulsión, un fin del mundo mostrados súbitamente por veinte o treinta palabras en una mirada rápida, en un resplandor de hoguera.
El Chiado lamentaba indignado aquella ruina de París. Se recordaban con exclamaciones los edificios quemados, el ayuntamiento, «tan bonito», la Rue Royale, «aquella riqueza». Había individuos tan furiosos por el incendio de las Tullerías que parecía que les hubiesen quemado una propiedad particular, los que habían estado uno o dos meses en París se extendían en sus invectivas, arrogándose una participación de parisienses en la magnificencia de la ciudad, escandalizados porque la insurrección no hubiese respetado los monumentos en los que ellos habían puesto los ojos.