El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Y asà una burguesÃa embrutecida esperaba detener con unos cuantos policÃas la evolución social; y una juventud borracha de literatura decidÃa destruir con un folletÃn una sociedad de dieciocho siglos. Pero nadie se mostraba más exaltado que un contable de hotel, que desde lo alto del escalón de entrada de la Casa Havanesa blandÃa su bastón, aconsejándole a Francia la restauración de los Borbones.
Un hombre vestido de negro que habÃa salido del estanco y cruzaba entre los grupos, se detuvo al oÃr una voz sorprendida que exclamaba a su lado:
—¡Eh, padre Amaro! ¡Eh, bribón!
Se volvió: era el canónigo Dias. Se abrazaron calurosamente y para conversar con más tranquilidad se fueron andando hasta el Largo de Camóes, y allà se pararon, junto a la estatua.
—Entonces ¿cuándo ha llegado, profesor?
HabÃa llegado el dÃa anterior. Andaba con una demanda contra los Pimentas de A Pojeira, por causa de una servidumbre en la quinta; habÃa apelado a la Audiencia y venÃa a la capital para seguir de cerca el asunto.
—¿Y usted, Amaro? En su última carta me decÃa que querÃa irse de Santo Tirso.