El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Era cierto. La parroquia tenía ventajas; pero había quedado vacante Vila Franca y, para estar más cerca de la capital, había ido a hablar con el señor conde de Ribamar, su conde, que estaba consiguiéndole el traslado. Se lo debía todo, ¡sobre todo a la señora condesa!
—¿Y Leiría? ¿Está mejor la Sanjoaneira?
—No, pobre… Ya sabe, al principio tuvimos un miedo de mil demonios… Pensábamos que iba a pasarle lo mismo que a Amélia… Pero no, era hidropesía… Lo que ella tiene es una hidropesía general…
—¡Pobre mujer, qué santa! ¿Y Natário?
—¡Envejecido! Ha tenido sus disgustos. Mucha lengua.
—Y dígame, profesor, ¿el Libaninho?
—Ya le he escrito a ese respecto —dijo el canónigo riéndose. El padre Amaro también rió, y durante un momento los dos sacerdotes dejaron de hablar, doblados de risa.