El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Pues es cierto —dijo por fin el canónigo—. La cosa fue verdaderamente escandalosa… Porque, en fin, dése cuenta de que lo pillaron con el sargento, así que no había duda… ¡Y en la alameda, a las diez de la noche! Ya es imprudencia… Pero al final la cosa se olvidó y cuando se murió el Matías le dimos el puesto de sacristán, que es una colocación muy buena… Mucho mejor que la que tenía en la oficina… ¡Y tiene que cumplir!
—Tiene que cumplir —coincidió muy serio el padre Amaro—. Y a propósito, ¿doña Maria da Assunção?
—Hombre, se murmuran cosas… Criado nuevo… Un carpintero que vivía enfrente… El chico anda hecho un figurín.
—¿De verdad?
—Un figurín. ¡Puro, reloj, guantes! Tiene gracia, ¿eh?
—¡Es divino!
—Las Gansoso siguen igual —continuó el canónigo—. Ahora tienen de criada a la Escolástica.
—¿Y el imbécil de João Eduardo?
—Ya le mandé recado, ¿no? Allí sigue, en Os Poiais. El señorito está mal del hígado. Y dicen que João Eduardo está tísico… No sé, nunca más he vuelto a verlo… Me lo ha dicho Ferrão.
—¿Cómo anda Ferrão?