El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro En aquel momento pasaron a su lado dos señoras, una ya con el pelo blanco, el aspecto muy noble; la otra, una criaturita delgada y pálida, con ojeras muy pronunciadas, los codos huesudos pegados a una cintura estéril, pouff enorme en el vestido, gran peluca, tacones de un palmo.
—¡Caramba! —dijo el canónigo en voz baja, tocando el codo del colega—. ¿Qué, padre Amaro?… Ésas son las que le gusta confesar a usted.
—Eso era antes, profesor —dijo el párroco riendo—, ¡ahora sólo confieso a mujeres casadas!
El canónigo se abandonó un momento a una gran hilaridad; pero recuperó su aspecto ponderado de cura obeso al ver a Amaro sacarse el sombrero con una profunda reverencia ante un caballero de bigote entrecano y lentes de oro que entraba en la plaza desde el Loreto, con el puro clavado entre los dientes y el quitasol bajo el brazo.
Era el señor conde de Ribamar. Avanzó con llaneza hacia los dos sacerdotes; y Amaro, descubierto y firme, le presentó «a su amigo, el señor canónigo Dias, de la catedral de Leiría». Charlaron un momento sobre el tiempo, que ya estaba caluroso. Después el padre Amaro habló de los últimos telegramas.
—¿Qué opina Su Excelencia de estas cosas de Francia, señor conde?