El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El estadista hizo un gesto con la mano, con una desolación que le ensombrecía el rostro.
—No me hable, señor padre Amaro, no me hable de eso… Ver a media docena de bandidos destruir París… ¡Mi París! Créanme, Señorías, me he puesto enfermo.
Los dos sacerdotes, con una expresión consternada, se unieron al dolor del estadista.
Y entonces el canónigo:
—¿Y cómo cree Su Excelencia que acabará todo?
El señor conde de Ribamar, con lentitud, con palabras pausadas, sobrecargadas por el peso de las ideas, dijo:
—¿El final?… No es difícil preverlo. Cuando se tiene alguna experiencia de la historia y de la política, el resultado de todo esto se ve claramente. Tan claramente como estoy viendo ahora a Sus Senhorias.
Los dos sacerdotes estaban pendientes de los labios proféticos de aquel hombre de Estado.