El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Sofocada la insurrección —continuó el señor conde mirando al infinito con el dedo en el aire, como apuntando, señalando los futuros históricos que su pupila, ayudada por los lentes de oro, penetraba—, sofocada la insurrección, dentro de tres meses tenemos otra vez el Imperio… Si Sus Señorías hubiesen visto, como yo he visto, una recepción en las Tullerías o en el ayuntamiento en los tiempos del Imperio, coincidirían conmigo en que Francia es profundamente imperialista y sólo imperialista… Tenemos, pues, a Napoleón III; o quizá abdique y la emperatriz se haga cargo de la regencia durante la minoría de edad del príncipe imperial… Yo tiendo a creer, y ya lo he hecho saber, que tal vez fuese ésta la solución más prudente. Como consecuencia inmediata tenemos al Papa en Roma, otra vez señor del poder temporal… Yo, a decir verdad, y ya lo he hecho saber, no apruebo una restauración papal. Pero yo no estoy aquí para decir lo que apruebo o repruebo. Afortunadamente no soy el dueño de Europa… Sería un encargo que me superaría, dada mi edad y mis achaques. Estoy diciendo lo que mi experiencia de la política y la historia me apunta como cierto… ¿Qué estaba diciendo?… ¡Ah! La emperatriz en el trono de Francia, Pío Nono en el trono de Roma, ahí tenemos a la democracia aplastada entre estas dos potencias sublimes, y crean Sus Señorías a un hombre que conoce a su Europa y los elementos de que se compone la sociedad moderna, crean que después de este ejemplo de la Comuna no vuelve a oírse hablar de república, ni de cuestión social, ni, de pueblo ¡en los próximos cien años!