El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Dios Nuestro Señor lo oiga, señor conde —dijo con unción el canónigo.

Pero Amaro, radiante por encontrarse allí, en una plaza de Lisboa, en íntima conversación con un estadista ilustre, todavía le preguntó, poniendo en las palabras una angustia de conservador asustado:

—¿Y cree Su Excelencia que esas ideas de república, de materialismo, pueden difundirse entre nosotros?

El conde rió; y decía, caminando entre los dos curas, casi hasta llegar a la verja que circunda la estatua de Luis de Camoens:

—¡No se preocupen por eso, señores, no se preocupen por eso! Es posible que haya uno o dos exaltados que se quejen, que digan tonterías sobre la decadencia de Portugal y que estamos en un marasmo y que estamos cayendo en el embrutecimiento y que esto así no puede durar diez años, etcétera, etcétera. ¡Babosadas!… —Estaba casi apoyado en las verjas de la estatua, y adoptando una actitud de confianza—: La verdad, señores míos, es que los extranjeros nos envidian… Y lo que voy a decir no es para halagar a Sus Señorías: pero mientras en este país haya sacerdotes respetables como Sus Señorías, ¡Portugal mantendrá con dignidad su lugar en Europa! ¡Porque la fe, señores míos, es la base del orden!

—Sin duda, señor conde, sin duda —dijeron con convicción los dos sacerdotes.


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