El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Después cenó en casa del canónigo Dias y los dos salieron a pasear por la carretera de Os Marrazes. Una luz dulce y suave se extendía por los campos; las colinas, el azul del aíre tenían un aspecto sosegado, de encantadora tranquilidad; de los casales salían humos blanquecinos y se escuchaban los cencerros melancólicos del ganado que regresaba. Amaro se detuvo junto al puente y dijo, mirando a su alrededor el paisaje suave:
—Pues sí, señor, ¡me parece que voy a estar bien aquí!
—Va a estar estupendamente —aseguró el canónigo sorbiendo su rapé.
Eran las ocho cuando volvieron a casa de la Sanjoaneira.