El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Las viejas amigas estaban ya en el comedor. Junto a la lámpara de petróleo, Amélia cosía. Doña Maria da Assunção se había puesto el vestido de seda negra, como los domingos: su peluca, de un color rubio rojizo, estaba cubierta por un perifollo de encaje negro; los anillos relucían en sus manos descarnadas, enguantadas en mitones, gravemente posadas en el regazo; desde el broche que cerraba el cuello hasta la cintura le colgaba un grueso collar de oro con pasadores labrados. Se mantenía recta y ceremoniosa, con la cabeza un poco ladeada, los anteojos dorados firmes sobre la nariz caballuna; tenía en el mentón un gran lunar peludo; y cuando se hablaba de devociones o de milagros, sesgaba el cuello y ofrecía una sonrisa muda que descubría sus enormes dientes verdosos, clavados en las encías como cuñas. Era viuda y rica, y padecía de catarro crónico.
—Aquí tiene al nuevo señor párroco, doña Maria —le dijo la Sanjoaneira.
Se levantó, hizo un movimiento de caderas a modo de reverencia, emocionada.
—Éstas son las señoras Gansoso, ya habrá oído hablar… —le dijo la Sanjoaneira al párroco.