El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amaro las cumplimentó con timidez. Eran dos hermanas. Pasaban por tener algún dinero, pero solían recibir huéspedes. La mayor, doña Joaquina Gansoso, era una figura seca, con una frente enorme, alargada, dos ojillos vivos, la nariz respingona, la boca muy exprimida. Envuelta en su chal, derecha, de brazos cruzados, hablaba continuamente con voz dominante y aguda, repleta de opiniones. Hablaba mal de los hombres y se entregaba por completo a la Iglesia.
Su hermana, doña Ana, era extremadamente sorda. No hablaba nunca y, con los dedos cruzados sobre el regazo, la mirada baja, hacía girar con parsimonia los dos pulgares. Robusta, con su eterno vestido negro a rayas amarillas, una piel de armiño enrollada al cuello, dormitaba toda la noche y sólo de vez en cuando recordaba su presencia con unos suspiros agudos: se decía que albergaba una pasión funesta por el cobrador del correo. Todos la compadecían y era admirada su habilidad para recortar papeles para cajas de dulces.