El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro También estaba doña Josefa, la hermana del canónigo Dias. Tenía el mote de «Castaña Pilonga». Era una criaturita desmirriada, de perfiles curvos, piel arrugada y del color de la cidra, voz sibilante; vivía en un perpetuo estado de irritación, los pequeños ojos siempre contrariados, con espasmos nerviosos producidos por la tirria, saturada de hiel. Era temida. El maligno doctor Godinho le llamaba «la estación central» de las intrigas de Leiría.
—¿Y ha paseado mucho, señor párroco? —preguntó.
—Hemos ido casi hasta el final de la carretera de Os Marrazes —dijo el canónigo, sentándose pesadamente detrás de la Sanjoaneira.
—¿No le ha parecido bonito, señor párroco? —intervino doña Joaquina Gansoso.
—Muy bonito.
Hablaron de los hermosos paisajes de Leiría, de las buenas vistas: a doña Josefa le gustaba mucho el paseo junto al río; hasta había oído decir que ni en Lisboa había cosa igual.
Doña Joaquina Gansoso prefería la iglesia de la Encarnação, en la parte alta.
—Es muy bonito desde allí.
Amélia dijo sonriendo: