El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Pues a mí me gusta aquel trocito junto al puente, debajo de los sauces llorones. —Y partiendo con los dientes el hilo de la costura—: ¡Es tan triste!
Entonces Amaro la miró por primera vez. Llevaba un vestido azul muy ajustado a su bonito pecho; el cuello blanco y liso surgía de una gorguerita doblada hacia fuera; entre sus labios rojos y frescos brillaba el esmalte de los dientes; y al párroco le pareció que un levísimo bozo le ponía en las esquinas de la boca una sombra sutil y dulce.
Hubo un corto silencio; al canónigo Dias, de labio caído, empezaban a cerrársele los párpados.
—¿Qué habrá sido del señor padre Brito? —preguntó doña Joaquina Gansoso.
—Tal vez esté con la jaqueca, ¡pobre de Cristo! —recordó piadosamente doña María da Assunção.
Un muchacho que estaba junto al aparador dijo entonces:
—Lo he visto yo hoy, montado a caballo. Iba hacia A Barrosa.
—¡Hombre! —dijo con acidez la hermana del canónigo, doña Josefa Dias—. ¡Qué milagro que se haya fijado usted!
—¿Por qué, señora? —dijo él levantándose y acercándose al grupo de las viejas.