El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Ay, Jesús! —dijo doña María da Assunção, cruzando las manos y mirando a João Eduardo con terror piadoso—. Pero ¿cómo iba a decir eso? ¡Por Dios!
—No, el señor João Eduardo no sería capaz de decir una cosa así —afirmó gravemente el canónigo, que había despertado, desdoblando su pañuelo rojo.
Entonces Amaro preguntó:
—¿Quién es la santa de Arregaça?
—¡Bueno! Pero ¿no ha oído hablar de ella, señor párroco? —exclamó sorprendida doña María da Assunção.
—Seguro que ha oído —aseguraba doña Josefa con autoridad—. ¡Dicen que los periódicos de Lisboa vienen llenos de eso!
—En efecto, es algo extraordinario —ponderó con tono profundo el canónigo.
La Sanjoaneira dejó por un momento el calcetín, y sacándose las gafas:
—Ay, no se imagina, señor párroco, ¡es el milagro de los milagros!
—¡Ya lo creo, ya lo creo! —dijeron. Hubo un recogimiento piadoso.
—¿Entonces…? —preguntó Amaro con mucha curiosidad.