El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Escuche, señor párroco —comenzó doña Joaquina Gansoso, enderezándose en el chal, hablando con gravedad—, la santa es una mujer que vive en una parroquia, cerca de aquÃ, que está en cama desde hace veinte años…
—Veinticinco —corrigió en voz baja doña MarÃa da Assunção, tocándole con el abanico en el brazo.
—¿Veinticinco? Pues fÃjate, yo al señor chantre le oà decir veinte.
—Veinticinco, veinticinco —confirmó la Sanjoaneira, y el canónigo la apoyó, afirmando gravemente con la cabeza.
—¡Está tullidita de todo, señor párroco! —exclamó la hermana del canónigo, ávida de hablar—. ¡Parece una almita de Dios! ¡Los bracitos son como esto! —y mostraba el dedo meñique—. ¡Para oÃrla hay que ponerle la oreja al lado de la boca!
—¡Si es que se alimenta de la gracia de Dios! —dijo lastimeramente doña MarÃa da Assunção—. ¡Pobrecita! Que sólo de pensarlo…
Hubo entre las viejas un silencio conmovido. João Eduardo, quien, de pie detrás de las viejas, con las manos en los bolsillos, sonreÃa mordisqueándose el bigote, dijo entonces:
—Mire, señor párroco, la cosa es lo que dicen los médicos: que es una enfermedad nerviosa.