El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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El canónigo Dias se había mostrado muy contento con el nombramiento de Amaro Vieira. En la botica de Carlos, en la plaza, en la sacristía de la catedral, elogió sus buenos estudios en el seminario, su moderación en las costumbres, su obediencia. Elogiaba incluso su voz: «¡Un timbre que es un regalo!».

—¡Es el indicado para poner un poco de sentimiento en los sermones de Semana Santa!

Le auguraba con énfasis un destino feliz, una canonjía seguramente, ¡tal vez la gloria de un obispado!

Y un día, por fin, enseñó con satisfacción al coadjutor de la catedral, criatura servil y callada, una carta que había recibido de Amaro Vieira desde Lisboa.

Era una tarde de agosto y paseaban los dos por las orillas del Puente Nuevo. Estaba entonces en construcción la carretera de Figueira: el viejo pasadizo de madera sobre la ribera del Lis había sido destruido, se pasaba ya por el Puente Nuevo, muy alabado, con sus dos amplias arcadas de piedra, fuertes y rechonchas. Más adelante las obras estaban paradas por pleitos de expropiación; se veía aún el embarrado camino de la parroquia de Os Marrazes, que la carretera nueva debía desbastar e incorporar, montones de cascajo cubrían el suelo; y los gruesos cilindros de piedra que comprimen y embellecen el pavimento yacían enterrados en la tierra negra y húmeda de lluvias.


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