El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Todo, señor párroco —dijo doña Joaquina Gansoso—: está siempre en la cama, sabe rezos para todo; persona por la que ella pida, tiene segura la gracia de Dios; la gente que tiene fe en ella se cura de cualquier enfermedad. Y después, cuando comulga, empieza a elevarse y queda con todo el cuerpo en el aire, con los ojos abiertos mirando al cielo, que hasta llega a dar miedo.

Pero en ese momento una voz dijo desde la puerta de la sala:

—¡Viva la vida social! ¡Esto hoy está de primera!

Era un muchacho muy alto, pálido, con las mejillas hendidas, melena rizada, bigote a lo Don Quijote; cuando reía se le ponía en la boca una sombra porque le faltaban casi todos los dientes delanteros; y por sus ojos hundidos, por sus grandes ojeras, erraba un sentimentalismo melifluo. Traía una guitarra en la mano.

—¿Y cómo va todo? —le preguntaron.

—Mal —contestó con voz triste, sentándose—. Estoy siempre con los dolores de pecho, la tosecita…

—Entonces, ¿no le va bien con el aceite de hígado de bacalao?

—¡Qué va! —dijo desconsoladamente.

—Un viaje a Madeira, ¡eso es lo que necesitaba, eso es lo que necesitaba! —dijo doña Joaquina Gansoso con autoridad.


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