El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Él rió, con súbita jovialidad.
—¡Un viaje a Madeira! ¡No está mal! ¡Doña Joaquina Gansoso las gasta simpáticas! Un pobre amanuense de oficina que gana dieciocho vintems al día, con mujer y cuatro hijos… ¡A Madeira!
—¿Y ella, Joanita, cómo está?
—¡Pobrecita, va tirando! ¡Tiene salud, gracias a Dios! Está gorda, siempre con buen apetito. Los niños, los dos mayores están enfermos; ¡y encima también la criada está ahora en cama! ¡Es cosa del diablo! ¡Paciencia, paciencia! —y se encogía de hombros. Pero volviéndose hacia la Sanjoaneira, dándole una palmadita en la rodilla—: ¿Y qué tal va nuestra madre abadesa?
Todos rieron, y doña Joaquina Gansoso informó al párroco de que aquel muchacho, Artur Couceiro, era muy simpático y tenía una hermosa voz. La mejor de la ciudad para los aires populares.
La Ruça había entrado con el té; la Sanjoaneira, de pie, llenando las tazas, decía:
—¡Acercaos, chicas, acercaos, que éste es del bueno! Es de la tienda del Sousa…
Y Artur ofrecía azúcar con su gracejo rancio:
—¡Si está acidito, es cosa de echarle sal!