El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Las viejas bebían a pequeños sorbos, escogían cuidadosamente las tostadas; se oía el ruido de las mandíbulas masticando; y por causa de la mantequilla derretida y de las gotas de té, extendían todas prudentemente los pañuelos sobre el regazo.
—¿Quiere un pastelito, señor párroco? —dijo Amélia, ofreciéndole el plato—. Son de la Encarnação. Muy fresquitos.
—Gracias.
—Coja aquél. Es tocinillo de cielo.
—¡Ah! Si es del cielo… —dijo él muy risueño. Y la miró mientras cogía el dulce con la punta de los dedos. Artur solía cantar después del té. Sobre el piano una vela iluminaba el cuaderno de música; y Amélia, cuando la Ruça se llevó la bandeja, se sentó, recorrió con los dedos el teclado amarillento.
—Entonces, ¿qué va a ser hoy? —preguntó Artur.
Las peticiones se cruzaron ¡O Guerrilheiro! ¡O Noivado do Sepulcro! ¡Descrido! ¡O Nunca Mais!
El canónigo Dias dijo desde su rincón, con pachorra:
—¡Venga, Couceiro! ¡Toque ésa de «Tío Cosme, meu breijeiro»!
Las mujeres reprobaron:
—¡Por favor, señor canónigo! ¡Qué ocurrencia! —y doña Joaquina Gansoso concluyó: