El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Nada; algo sentimental para que el señor párroco se haga una idea.
—¡Eso, eso! —dijeron—. ¡Algo sentimental, Artur, algo sentimental!
Artur carraspeó, ensalibó sus labios y, dando repentinamente a su rostro una expresión dolorosa, alzó su voz para cantar lúgubremente: «Adeus, meu anjo! eu vou partir sem ti.». Era una canción de los tiempos románticos del 51, el Adeus! Cantaba una despedida sublime, en un bosque, una pálida tarde de otoño; después, el hombre solitario y maldito, inspirador de un amor fatal, deambula desmelenado por la orilla del mar; había una sepultura olvidada en un valle lejano, ¡pálidas vírgenes acudían a llorar a la luz de la luna llena!
—¡Muy bonito, muy bonito! —murmuraban.
Artur cantaba enternecido, la mirada errante; pero en los intervalos, durante el acompañamiento, sonreía a su alrededor y en su boca llena de sombra se veían los restos de los dientes podridos. El padre Amaro, fumando junto a la ventana, contemplaba a Amélia, transportado por aquella melodía sentimental y mórbida: una línea luminosa contorneaba su fino perfil al contraluz; sobresalía armoniosamente la curva de su pecho; y él seguía el movimiento de sus párpados de largas pestañas, que subían y bajaban dulcemente del teclado a la partitura. João Eduardo, a su lado, le pasaba las hojas.