El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Pero Artur, con una mano en el pecho y la otra levantada en el aire, soltó la última estrofa con gesto desolado y vehemente:
E um día, enfim, deste viver fatal
repousarei na escuridao da campal
—¡Bravo, bravo! —exclamaron y el canónigo Dias comentó en voz baja al párroco:
—¡Ah! Para las cosas sentimentales no hay otro igual —y con un bostezo enorme—: Pues sí, hombre, llevo toda la noche con las lulas discutiendo aquí dentro.
Pero había llegado la hora de la partida de lotería. Cada uno escogía sus cartones habituales; y doña Josefa Dias, con sus ojos de avara brillando, sacudía ya vivamente la gruesa saqueta con los números.
—Aquí tiene un sitio, señor párroco —dijo Amélia. Era a su lado. Él vaciló; pero le habían hecho sitio y fue a sentarse, un poco azorado, retocándose nervioso el alzacuello.
Enseguida se hizo un gran silencio; y, con voz adormilada, el canónigo empezó a sacar los números. Doña Ana Gansoso dormitaba en su rincón, roncando suavemente.