El Mandarín
El Mandarín Me siento morir. Tengo hecho mi testamento. En él dejo mis millones al Demonio, le pertenecen; que los reclame él, que él los reparta...
Y a vosotros, hombres, os lego, sin más comentarios, estas palabras: «Sólo tiene buen sabor el pan que día tras día ganan nuestras manos. ¡No matéis nunca al Mandarín!».
Aunque, todavía, al expirar, es para mí un consuelo prodigioso esta idea: que de norte a sur, de oeste a oriente, desde la Gran Muralla de la Tartaria hasta las olas del Mar Amarillo, en todo el vasto Imperio de China ningún mandarín seguiría con vida si tú pudieses suprimirlo y heredar sus millones tan fácilmente como yo; ¡tú, lector!, criatura producida por la improvisación divina, obra mala de mala arcilla, mi semejante y mi hermano.
Angers, junio de 1880.
