La Reliquia
La Reliquia Sobre la vigorosa desnudez de la verdad,
el diáfano manto de la fantasía.
Decidí componer durante las vacaciones del verano, en mi quinta del Mosteiro, antiguo solar de los condes de Lindoso, las Memorias de mi vida. En este siglo tan sumido por las dudas de la inteligencia y tan angustiado por los tormentos del dinero, encierran, creo yo y cree mi cuñado Crispín, una enseñanza luminosa y fuerte.
En 1875, la víspera de san Antonio, una desilusión de incomparable amargura abatió todo mi ser; por aquel tiempo mi tía, doña Patrocinio de las Nieves, me mandó en romería a Jerusalén desde el Campo de Santa Ana donde vivía: en el recinto de las santas murallas, un día abrasador del mes de nisán[1], siendo Poncio Pilatos procurador de Judea, Elio Lanma, legado imperial de Siria, y José Caifás, sumo pontífice, testimonié milagrosamente escandalosos sucesos. Volví después, y un gran cambio se hizo en mi espíritu y en mi fortuna.
Son tan raros estos casos en una existencia desordenada como grandes y umbrosos robles llenos de sol y de murmullos en un campo de agostada hierba. Mientras sobre mi tejado vuelan las golondrinas y aspiro el perfume de los claveles de mi jardín, quiero escribir con sobriedad y con sinceridad cuanto atañe a mi peregrinación.
