Los Maia

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IV

Carlos pensaba estudiar medicina. Como decía el doctor Trigueiros, siempre había tenido «vocación de Esculapio».

La «vocación» se le había despertado el día que descubrió en el sótano, entre pilas de libros viejos, un rollo vetusto y manchado de estampas anatómicas. Pasó muchos días recortándolas, pegando en las paredes del cuarto hígados, ristras de intestinos, cabezas seccionadas de perfil, «con todo a la vista». Incluso una noche irrumpió triunfal en el salón mostrando a las Silveira, a Eusèbio, la pavorosa litografía de un feto de seis meses en el útero materno. Doña Ana retrocedió gritando, llevándose el abanico a la cara. El procurador, ruborizado también, retuvo a Eusèbiozinho contra sí y le tapó los ojos. Aunque lo que más escandalizó a las señoras fue la indulgencia de Afonso.

—Pero ¿qué tiene de malo? —decía sonriendo.

—¿Cómo que qué tiene de malo, señor Afonso da Maia? —exclamó doña Ana—. ¡Son indecencias!

—No hay nada indecente en la naturaleza, mi querida señora. La ignorancia sí que es indecente… Dejemos tranquilo al chico. Sólo pretende saber cómo es por dentro esta máquina. Algo en sí mismo de lo más loable…


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