Los Maia
Los Maia Pese a lo tarde que era, aún continuaba en el despacho de Afonso da Maia la partidita de whist. La mesa estaba en su lugar de costumbre, al abrigo del biombo japonés, junto a la chimenea, en la que una llama moría entre carbones rojos. Todo por la bronquitis de don Diogo y su pánico a las corrientes.
Aquel viejo dandy —a quien las damas de antaño llamaban «el lindo don Diogo», gentil torero que había dormido en un lecho real— acababa de tener uno de sus accesos de tos cavernosa, áspera, rota, que le vapuleaban como una ruina, y que él sofocaba en el pañuelo, con las venas hinchadas, rojo hasta la raíz del cabello.
Pero ya había pasado. Con mano aún trémula, el decrépito león se limpió las lágrimas que le empañaban los ojos enrojecidos, se recompuso la rosa de musgo del ojal, bebió un sorbo de su té, un té muy flojo, y preguntó a Afonso, su pareja, con voz sorda y ronca:
—¿Tréboles, eh?
Y de nuevo las cartas fueron cayendo sobre el tapete verde, en uno de aquellos silencios que sobrevenían tras las toses de don Diogo. Tan sólo se oía la respiración aspirada, silbante casi, del general Sequeira, muy disgustado aquella noche con Vilaça, su compañero, rezongando con el rostro congestionado.
