Los Maia

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XII

En efecto, el sábado, de vuelta de la Rua de São Francisco, Carlos se encontró a Ega en su cuarto, enfundado en un traje de cheviot claro, y con el pelo muy largo.

—¡No eches las campanas al vuelo —le dijo— que estoy en Lisboa de incógnito!

Con los primeros abrazos, declaró que volvía a Lisboa sólo por unos días, para comer bien y conversar bien. Y que contaba con Carlos para que le proporcionara aquellos deleites en el Ramalhete…

—¿Tenéis algún cuarto para mí? De momento estoy en el Hotel Español, pero aún no he abierto la maleta… Me basta con una alcoba con una mesa de pino lo bastante amplia como para escribir una obra sublime…

¡Cómo no! Le esperaba la habitación que había ocupado tras dejar Villa Balzac. Estaba muy mejorada, tenía una hermosa cama renacentista y una copia de «Los borrachos» de Velázquez.

—¡Óptimo cubil para el arte! Velázquez es uno de los santos padres del Naturalismo… A propósito, ¿sabes con quién he hecho el viaje? Con la Gouvarinho. Su padre estuvo in artículo mortis, pero se repuso, y el conde ha ido a buscarla. La he encontrado más delgada, aunque con un aire ardiente. Y me ha hablado de ti todo el tiempo.

—¡Ah! —murmuró Carlos.


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