La vida del Buscon

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Dormí aquella noche algo desabrigado. Amaneció el Señor, y salimos del calabozo. Vímonos las caras, y lo primero que nos fue notificado fue dar para la limpieza,[27] como si en una noche lo hubiera yo ensuciado todo,[28] so pena de culebrazo fino.[29] Yo di luego seis reales; mis compañeros no tenían qué dar, y así, quedaron remitidos para la noche.

Había en el calabozo un mozo tuerto, alto, abigotado, mohíno de cara,[30] cargado de espaldas y de azotes en ellas. Traía más hierro que Vizcaya:[31] dos pares de grillos y una cadena de portada. Llamábanle el Jayán.[32] Decía que estaba preso por cosas de aire;[33] y así sospechaba yo si era por algunos fuelles, chirimías o abanicos,[34] y decíale si era por algo desto. Respondía que no, que eran cosas de atrás.[35] Yo pensé que pecados viejos quería decir; y averigüé que por puto. Cuando el alcaide le reñía por alguna travesura, le llamaba botiller del verdugo y depositario general de culpas.[36] Otras veces le amenazaba diciendo:

—¿Qué te arriesgas, pobrete, con el que ha de hacer humo?[37] Dios es Dios, que te vendimie de camino.[38]

Había confesado éste y era tan maldito, que traíamos todos con carlancas,[39] como mastines, las traseras y no había quien se osase ventosear, de miedo de acordarle dónde tenía las asentaderas.


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