La vida del Buscon
La vida del Buscon Estaba el servicio a mi cabecera.[14] Vime forzado, a intercesión de mis narices, a decirles que mudasen a otra parte el vedriado.[15] Y sobre si le viene muy ancho o no,[16] como si me hubieran tomado la medida con el bacín, tuvimos palabras.[17] Usé el oficio de adelantado,[18] que es mejor a veces serlo de un cachete que de un reino,[19] y metíle a uno media pretina en la cara.[20] Él, por levantarse aprisa, derramóle, y al ruido despertó el concurso. Asábamonos a pretinazos a escuras; y era tanto el mal olor, que hubieron de levantarse todos.
Alzóse el grito.[21] El alcaide, sospechando que se le iban algunos vasallos,[22] subió corriendo, armado, con toda su cuadrilla. Abrió la sala, entró luz y informóse del caso: condenáronme todos. Yo me disculpaba con decir que en toda la noche me habían dejado cerrar los ojos.[23] El carcelero, pareciéndole que por no dejarme zabullir en lo hondo le daría otro doblón,[24] asió del caso y mandóme bajar allá.[25] Determinéme a consentir, antes que a pellizcar el talego más de lo que lo estaba. Fui llevado abajo; recibiéronme con arbórbola y placer los amigos.[26]