La vida del Buscon
La vida del Buscon —Yo averiguaré la enfermedad y, si no es urgente, bajará al cepo.[6]
Yo conocí la deshecha,[7] y respondíle humilde. Dejóme fuera, y a los amigos descolgáronlos abajo.
Dejo de contar la risa tan grande que, en la cárcel y por las calles, había con nosotros; porque, como nos traían atados y a empellones, unos sin capas y otros con ellas arrastrando, eran de ver unos cuerpos pías remendados,[8] y otros aloques de tinto y blanco.[9] A cuál, por asirle de alguna parte sigura, por estar todo tan manido,[10] le agarraba el corchete de las puras carnes, y aun no hallaba de qué asir, según los tenía roídos la hambre. Otros iban dejando a los corchetes en las manos los pedazos de ropillas y greguescos.[11] Al quitar la soga en que venían ensartados, se salían pegados los andrajos.
Al fin, yo fui, llegada la noche, a dormir a la sala de los linajes.[12] Diéronme mi camilla. Era de ver algunos dormir envainados, sin quitarse nada; otros, desnudarse de un golpe todo cuanto traían encima, como culebras;[13] cuáles jugaban. Y, al fin, cerrados, se mató la luz. Olvidamos todos los grillos. Era de ver a los que no tenían cama llegar y asir de los pies al acostado, y sacarlo arrastrando en medio de la sala y encajarse en la cama, y aquél asir de otro para acomodarse.