La vida del Buscon

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Quiso, pues, el diablo, que nunca está ocioso en cosas tocantes a sus siervos, que yendo a vender no sé qué ropa y otras cosillas a una casa, conoció uno no sé qué hacienda suya. Trujo un alguacil, y agarráronme la vieja, que se llamaba la madre Labruscas.[22] Confesó luego todo el caso y dijo cómo vivíamos todos y que éramos caballeros de rapiña.[23] Dejóla el alguacil en la cárcel, y vino a casa y halló en ella a todos mis compañeros, y a mí con ellos. Traía media docena de corchetes, verdugos de a pie,[24] y dio con todo el colegio buscón en la cárcel, adonde se vio en gran peligro la caballería.

CAPÍTULO CUARTO

En que trata los sucesos de la cárcel, hasta salir la vieja azotada, los compañeros a la vergüenza y él en fiado

Echáronnos, en entrando, a cada uno dos pares de grillos y sumiéronnos en un calabozo. Yo, que me vi ir allá, aprovechéme del dinero que traía conmigo y, sacando un doblón,[1] díjele al carcelero:

—Señor, óigame V. Md. en secreto.

Y para que lo hiciese, dile escudo como cara.[2] En viéndolos,[3] me apartó.

—Suplico a V. Md. —le dije— que se duela de un hombre de bien.

Busquéle las manos, y, como sus palmas estaban hechas a llevar semejantes dátiles,[4] cerró con los dichos veinte y seis,[5] diciendo:


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