La vida del Buscon

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Dime por entendido y añadí otros cincuenta reales. Y, en pago, me dijo que enderezase el cuello de la capa y dos remedios para el catarro que tenía de la frialdad del calabozo; y últimamente me dijo, mirándome con grillos:

—Ahorre de pesadumbre, que, con ocho reales que dé al alcaide, le aliviará; que ésta es gente que no hace virtud si no es por interés.

Cayóme en gracia la advertencia. Al fin, él se fue, yo di al carcelero un escudo;[71] quitóme los grillos.

Dejábame entrar en su casa.[72] Tenía una ballena por mujer y dos hijas —del diablo— feas y necias, y de la vida,[73] a pesar de sus caras. Sucedió que el carcelero —se llamaba tal Blandones de San Pablo, y la mujer doña Ana Moráez—[74] vino a comer, estando yo allí, muy enojado y bufando. No quiso comer. La mujer, recelando alguna gran pesadumbre, se llegó a él y le enfadó tanto con las acostumbradas importunidades, que dijo:

—¿Qué ha de ser, si el bellaco ladrón de Almendros,[75] el aposentador,[76] me ha dicho, teniendo palabras con él sobre el arrendamiento, que vos no sois limpia?


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