La vida del Buscon

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—¿Tantos rabos me ha quitado el bellaco?[77] —dijo ella—; por el siglo de mi agüelo,[78] que no sois hombre, pues no le pelastes las barbas. ¿Llamo yo a sus criadas que me limpien?

Y volviéndose a mí, dijo:

—Vale Dios que no me podrá decir que soy judía como él, que, de cuatro cuartos que tiene, los dos son de villano, y los otros ocho maravedís, de hebreo.[79] A fe, señor don Pablos, que si yo lo oyera, que yo le acordara de que tiene las espaldas en el aspa del San Andrés.[80]

Entonces, muy afligido, el alcaide respondió:

—¡Ay, mujer, que callé porque dijo que en ésa teníades vos dos o tres madejas![81] Que lo sucio no os lo dijo por lo puerco, sino por el no lo comer.[82]

—Luego, ¿judía dijo que era? ¿Y con esa paciencia lo decís? ¡Buenos tiempos![83] ¿Así sentís la honra de doña Ana Moráez, hija de Esteban Rubio y Joan de Madrid,[84] que sabe Dios y todo el mundo?

—¡Cómo! ¿Hija —dije yo— de Joan de Madrid?

—De Juan de Madrid el de Auñón.[85]

—Voto a Dios —dije yo— que el bellaco que tal dijo es un judío, puto y cornudo.[86]

Y volviéndome a ellas:


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