La vida del Buscon
La vida del Buscon Como vieron los dos que yo iba tan adelante, dieron en decir mal de mí. El portugués decía que era un piojoso, pícaro, desarropado;[32] el catalán me trataba de cobarde y vil. Yo lo sabía todo, y a veces lo oía, pero no me hallaba con ánimo para responder. Al fin, la moza me hablaba y recibía mis billetes. Comenzaba por lo ordinario: «Este atrevimiento, su mucha hermosura de V. Md…»; decía lo de «me abraso», trataba de «penar», ofrecíame por esclavo, firmaba el corazón con la saeta… Al fin, llegamos a los túes,[33] y yo, para alimentar más el crédito de mi calidad, salíme de casa y alquilé una mula y, arrebozado y mudando la voz, vine a la posada y pregunté por mí mismo, diciendo si vivía allí su merced del señor don Ramiro de Guzmán, señor del Valcerrado y Vellorete.[34] «Aquí vive —respondió la niña— un caballero de ese nombre, pequeño de cuerpo.» Y, por las señas, dije yo que era él y las supliqué que le dijesen que Diego de Solórzana, su mayordomo,[35] que fue de las depositarías,[36] pasaba a las cobranzas y le había venido a besar las manos.[37] Con esto me fui, y volví a casa de allí a un rato.