La vida del Buscon
La vida del Buscon No aguardó más don Diego y, volviéndose a su casa, encontró con los dos caballeros del hábito y cadena amigos mÃos, junto a la Puerta del Sol, y contóles lo que pasaba y dÃjoles que se aparejasen y, en viéndome a la noche en la calle, que me magulasen los cascos;[70] y que me conocerÃan en la capa que él traÃa, que la llevarÃa yo. Concertáronse y, en entrando en la calle, topáronme y disimularon de suerte los tres, que jamás pensé que eran tan amigos mÃos como entonces. EstuvÃmonos en conversación, tratando de lo que serÃa bien hacer a la noche, hasta el avemarÃa.[71] Entonces, despidiéndose los dos, echaron hacia abajo, y yo y don Diego quedamos solos y echamos a San Filipe. Llegando a la entrada de la calle de la Paz, dijo don Diego:
—Por vida de don Filipe, que troquemos capas,[72] que me importa pasar por aquà y que no me conozcan.
—Sea en buen hora —dije yo.
Tomé la suya inocentemente y dile la mÃa. OfrecÃle mi persona para hacerle espaldas,[73] mas él, que tenÃa trazado el deshacerme las mÃas, dijo que le importaba ir solo, que me fuese.