La vida del Buscon
La vida del Buscon No bien me aparté dél con su capa, cuando ordena el diablo que dos que lo aguardaban para cintarearlo por una mujercilla,[74] entendiendo por la capa que yo era don Diego, levantan y empiezan una lluvia de espaldarazos sobre mí. Yo di voces, y, en ellas y la cara, conocieron que no era yo. Huyeron, y yo quedéme en la calle con los cintarazos. Disimulé tres o cuatro chichones que tenía y detúveme un rato, que no osé entrar en la calle, de miedo. En fin, a las doce, que era a la hora que solía hablar con ella, llegué a la puerta; y, emparejando, cierra uno de los que me aguardaban por don Diego con un garrote conmigo y dame dos palos en las piernas y derríbame en el suelo;[75] y llega el otro y dame un trasquilón de oreja a oreja y quítanme la capa,[76] y déjanme en el suelo, diciendo: —«¡Así pagan los pícaros embustidores mal nacidos!».[77]