La vida del Buscon
La vida del Buscon Comencé a dar gritos y a pedir confisión. Y como no sabía lo que era —aunque sospechaba por las palabras que acaso era el güésped de quien me había salido con la traza de la Inquisición, o el carcelero burlado, o mis compañeros huidos, y, al fin, yo esperaba de tantas partes la cuchillada, que no sabía a quién echársela;[78] pero nunca sospeché en don Diego ni en lo que era—, daba voces: —«¡A los capeadores!».[79] A ellas vino la justicia; levantáronme y, viendo mi cara con una zanja de un palmo y sin capa ni saber lo que era, asiéronme para llevarme a curar. Metiéronme en casa de un barbero, curóme, preguntáronme dónde vivía y lleváronme allá.
Acostáronme, y quedé aquella noche confuso, viendo mi cara de dos pedazos y tan lisiadas las piernas de los palos, que no me podía tener en ellas ni las sentía, robado y de manera que ni podía seguir a los amigos, ni tratar del casamiento, ni estar en la Corte, ni estar fuera.
De su cura y otros sucesos peregrinos