La vida del Buscon
La vida del Buscon He aquí a la mañana amanece a mi cabecera la güéspeda de casa, vieja de bien, arrugada y llena de afeite, que parecía higo enharinado,[1] niña si se lo preguntaban,[2] con su cara de muesca entre chufa y castaña apilada,[3] tartamuda,[4] barbada y bizca y roma; no le faltaba una gota para bruja.[5] Tenía buena fama en el lugar, y echábase a dormir con ella y con cuantos querían;[6] templaba gustos y careaba placeres.[7] Llamábase la Paloma;[8] alquilaba su casa y era corredora para alquilar otras. En todo el año no se vaciaba la posada de gente.