La vida del Buscon
La vida del Buscon Era de ver cómo ensayaba una muchacha en el taparse,[9] lo primero enseñándola cuáles cosas había de descubrir de su cara. A la de buenos dientes, que riese siempre, hasta en los pésames; a la de buenas manos, se las enseñaba a esgrimir;[10] a la rubia, un bamboleo de cabellos y un asomo de vedijas por el manto y la toca estremado;[11] a buenos ojos, lindos bailes con las niñas y dormidillos,[12] cerrándolos, y elevaciones, mirando arriba. Pues tratada en materia de afeites, cuervos entraban y les corregía las caras de manera que, al entrar en sus casas, de puro blancas, no las conocían sus maridos.[13] Enlucía manos y gargantas como paredes,[14] acicalaba dientes, arrancaba el vello. Tenía un bebedizo que llamaba Herodes, porque, con él, mataba los niños en las barrigas y hacía malparir y mal empreñar.[15] Y en lo que ella era más estremada era en arremedar virgos y adobar doncellas.[16] En solos ocho días que yo estuve en casa, la vi hacer todo esto.[17] Y, para remate de lo que era, enseñaba a pelar y refranes que dijesen las mujeres.[18] Allí les decía cómo habían de encajar la joya:[19] las niñas, por gracia; las mozas, por deuda; y las viejas, por respeto y obligación. Enseñaba pediduras para dinero seco y pediduras para cadenas y sortijas.[20] Citaba a la Vidaña, su concurrente en Alcalá, y a la Plañosa, en Burgos, a Muñatones la de Salamanca.[21]