La vida del Buscon

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A las voces del alguacil y a mis quejas, el amigo, que era un frutero que estaba en el aposento de adentro, dio a correr. Ellos, que lo vieron y supieron por lo que decía otro güésped de casa que yo lo era,[43] arrancaron tras el picaño y asiéronle, y dejáronme a mí repelado y apuñeado. Y con todo mi trabajo,[44] me reía de lo que los picarones decían a la Guía;[45] porque uno la miraba y decía: —«¡Qué bien os estará una mitra, madre, y lo que me holgaré de veros consagrar tres mil nabos a vuestro servicio!».[46] Otro: —«Ya tienen escogidas plumas los señores alcaldes, para que entréis bizarra».[47] Al fin, trujeron el picarón y atáronlos entrambos. Pidiéronme perdón y dejáronme solo.

Yo quedé algo aliviado de ver a mi buena güéspeda en el estado que tenía sus negocios; y así no tenía otro cuidado sino el de levantarme a tiempo que la tirase mi naranja.[48] Aunque, según las cosas que contaba una criada que quedó en casa, yo desconfié de su prisión, porque me dijo no sé qué de volar y otras cosas que no me sonaron bien.





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