La vida del Buscon

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Llevaba metidas entrambas piernas en una bolsa de cuero, y liadas, y mis dos muletas. Dormía en un portal de un cirujano con un pobre de cantón,[62] uno de los mayores bellacos que Dios crió. Estaba riquísimo y era como nuestro retor;[63] ganaba más que todos, tenía una potra muy grande,[64] y atábase con un cordel el brazo por arriba y parecía que tenía hinchada la mano y manca y calentura, todo junto.[65] Poníase echado boca arriba en su puesto y con la potra defuera, tan grande como una bola de puente,[66] y decía: —«¡Miren la pobreza y el regalo que hace el Señor al cristiano!». Si pasaba mujer, decía: —«¡Ah, señora hermosa, sea Dios en su ánima!». Y las más, porque las llamase así, le daban limosna y pasaban por allí aunque no fuese camino para sus visitas. Si pasaba un soldadico: —«¡Ah, señor capitán!», decía; y si otro hombre cualquiera: —«¡Ah, señor caballero!». Si iba alguno en coche, luego le llamaba señoría, y si clérigo en mula, señor arcediano. En fin, él adulaba terriblemente. Tenía modo diferente para pedir los días de los santos. Y vine a tener tanta amistad con él, que me descubrió un secreto con que, en dos días, estuvimos ricos. Y era que este tal pobre tenía tres muchachos pequeños que recogían limosna por las calles y hurtaban lo que podían;[67] dábanle cuenta a él, y todo lo guardaba. Iba a la parte con dos niños de la cajuela en las sangrías que hacían dellas.[68] Y tomé el mismo arbitrio, y él me encaminó la gentecica a propósito.[69]


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