La vida del Buscon
La vida del Buscon Fuime a las vistas,[62] y allá, con ser una plazuela bien grande, era menester inviar a tomar lugar a las doce, como para comedia nueva:[63] hervía en devotos.[64] Al fin, me puse en donde pude. Y podíanse ir a ver, por cosas raras, las diferentes posturas de los amantes: cuál, sin pestañear, mirando, con su mano puesta en la espada y la otra con el rosario, estaba como figura de piedra sobre sepulcro; otro, alzadas las manos y estendidos los brazos, a lo Seráfico recibiendo las llagas;[65] cuál, con la boca más abierta que la de mujer pedigüeña, sin hablar palabra, la enseñaba a su querida las entrañas por el gaznate;[66] otro, pegado a la pared, dando pesadumbre a los ladrillos, parecía medirse con la esquina; cuál se paseaba como si le hubieran de querer por el portante, como a macho;[67] otro, con una cartica en la mano, a uso de cazador con carne, parecía que llamaba halcón. Los celosos era otra banda: éstos, unos estaban en corrillos riéndose y mirando a ellas; otros, leyendo coplas y enseñándoselas; cuál, para dar picón,[68] pasaba por el terrero con una mujer de la mano;[69] y cuál hablaba con una criada echadiza que le daba un recado.[70]