La vida del Buscon

La vida del Buscon

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Al fin, yo llamaba ya «señora» a la abadesa, «padre» al vicario, «hermano» al sacristán, cosas todas que, con el tiempo y el curso, alcanza un desesperado. Empezáronme a enfadar las torneras con despedirme y las monjas con pedirme.[84] Consideré cuán caro me costaba el infierno, que a otros se da tan barato y en esta vida por tan descansados caminos.[85] Veía que me condenaba a puñados y que me iba al infierno por sólo el sentido del tacto. Si hablaba, solía, porque no me oyesen los demás que estaban en las rejas, juntar tanto con ellas la cabeza, que por dos días siguientes traía los hierros estampados en la frente y hablaba como sacerdote que dice las palabras de la consagración.[86] No me veía nadie que no decía: —«¡Maldito seas, bellaco monjil!», y otras cosas peores.










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