La vida del Buscon
La vida del Buscon En verano, es de ver cómo no sólo se calientan al sol, sino se chamuscan; que es gran gusto verlas a ellas tan crudas y a ellos tan asados.[79] En ivierno, acontece, con la humidad, nacerle a uno de nosotros berros y arboledas en el cuerpo. No hay nieve que se nos escape ni lluvia que se nos pase por alto; y todo esto, al cabo, es para ver a una mujer por red y vidrieras, como güeso de santo. Es como enamorarse de un tordo en jaula, si habla, y, si calla, de un retrato. Los favores son todos toques, que nunca llegan a cabes:[80] un paloteadico con los dedos.[81] Hincan las cabezas en las rejas, y apúntanse los requiebros por las troneras. Aman al escondite. ¡Y verlos hablar quedito y de rezado![82] ¡Pues sufrir una vieja que riñe, una portera que manda y una tornera que miente! Y lo mejor es ver cómo nos piden celos de las de acá fuera, diciendo quel verdadero amor es el suyo, y las causas tan endemoniadas que hallan para probarlo.[83]