La vida del Buscon
La vida del Buscon Yo, con esto, me comencé a afligir, y más me susté cuando advertí que todos los que vivían en el pupilaje de antes estaban como leznas, con unas caras que parecía se afeitaban con diaquilón.[27] Sentóse el licenciado Cabra y echó la bendición. Comieron una comida eterna, sin principio ni fin.[28] Trujeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una dellas peligrara Narciso más que en la fuente.[29] Noté con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo güérfano y solo que estaba en el suelo.[30] Decía Cabra a cada sorbo:
—Cierto que no hay tal cosa como la olla,[31] digan lo que dijeren; todo lo demás es vicio y gula.
Y, sacando la lengua, la paseaba por los bigotes, lamiéndoselos, con que dejaba la barba pavonada de caldo.[32] Acabando de decirlo, echóse su escudilla a pechos, diciendo:
—Todo esto es salud y otro tanto ingenio.
«¡Mal ingenio te acabe!», decía yo entre mí,[33] cuando vi un mozo medio espíritu y tan flaco, con un plato de carne en las manos, que parecía que,la había quitado de sí mismo. Venía un nabo aventurero a vueltas de la carne, apenas;[34] y dijo el maestro en viéndole:
—¿Nabo hay? No hay perdiz para mí que se le iguale.[35] Coman, que me huelgo de verlos comer.