La vida del Buscon

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—Como no lo son en esta casa, no las hay.[48] Para una vez que os proveeréis mientras aquí estuviéredes, dondequiera podréis; que aquí estoy dos meses ha y no he hecho tal cosa sino el día que entré, como agora vos, de lo que cené en mi casa la noche antes.

¿Cómo encareceré yo mi tristeza y pena? Fue tanta, que, considerando lo poco que había de entrar en mi cuerpo, no osé, aunque tenía gana, echar nada dél.

Entretuvímonos hasta la noche. Decíame don Diego que qué haría él para persuadir a las tripas que habían comido, porque no lo querían creer. Andaban váguidos en aquella casa como en otras ahítos.[49] Llegó la hora del cenar; pasóse la merienda en blanco, y la cena, ya que no se pasó en blanco, se pasó en moreno: pasas y almendras y candil y dos bendiciones, porque se dijese que cenábamos con bendición.[50]

—Es cosa saludable —decía— cenar poco, para tener el estómago desocupado.

Y citaba una arretahíla de médicos infernales. Decía alabanzas de la dieta y que se ahorraba un hombre de sueños pesados,[51] sabiendo que, en su casa, no se podía soñar otra cosa sino que comían.[52] Cenaron y cenamos todos, y no cenó ninguno.[53]

Fuímonos a acostar y en toda la noche pudimos yo ni don Diego dormir, él trazando de quejarse a su padre y pedir que le sacase de allí,[54] y yo aconsejándole que lo hiciese; aunque últimamente le dije:


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